PRIMERAS HERIDAS
Es extraña la manera en la que, durante la incipiente infancia, mientras tratamos de desentrañar qué es el mundo y en qué consiste la vida; quedan ocultas las heridas en el alma. Heridas que precisamente marcan las decisiones más importantes que tomaremos en nuestro futuro. Marcan a fuego nuestra persona, lo que somos, la manera en que nos comportamos y sobre todo nuestros miedos más secretos. En el mundo de las sombras moran estos miedos ocultándose de nuestra conciencia, siempre presentes y ciegos. Nos atormentan en el descanso nocturno, vislumbrándose tras el turbio telón del subconsciente.
Miedo a no dar la talla, miedo a la muerte, a no ser querido, a ser vulnerables, … son dardos envenenados que se funden en las paredes del corazón y lo asfixian poco a poco. Muchas veces surgen en los momentos más insignificantes de la niñez, pasando desapercibidos a nuestros ojos. Nacen de experiencias cotidianas y quieren habitar en nuestra vida y hacernos sus dóciles esbirros.
No sé porque surgió en mí esta herida supurante, pero sé que fue muy pronto. Añoranza , Miedo a no ser suficiente, a la soledad del amor o más bien a la carencia de él. Duele tanto pensarlo que es difícil describir cuan sutilmente anidan en tu cerebro, tu corazón, tus entrañas y todo tú ser.
Sanar estas heridas, ha de ser nuestra prioridad, ya que nos impiden amar.- Nos reducen a las sombras de lo que debemos ser. No me averguenza confesar que, paradójicamente, mi ansia por ser amada me impide amar desinteresadamente, me hace inconformista conmigo misma, desear ser diferente a lo que soy, me lleva a buscar ser más especial que mi prójimo, manipular y no aceptar con tranquilidad la preciosa realidad de mi vida.
Me siento afortunada de haber descubierto este agujero en mi alma; porque sólo descubriendo mis heridas, desearé sanarlas. Dios puede curar estas llagas que arrastro desde mi infancia, tan solo necesito verlas y pedir ser sanada.
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