REALIDAD VERSUS MATRIX
Imaginemos que pudiéramos diseñar la realidad que vive cada uno según nuestros propios criterios y deseos.
No me cabe duda de que sería una tarea harto placentera para todos.
Nuestros defectos y carencias serían eliminadas de un plumazo, dotándonos de un buen físico, mayor inteligencia y talento, ... ¿Y después? Por supuesto nuestros logros, eliminaríamos cualquier sombra de fracaso, para zambullirnos en una espiral de éxitos cada vez más espectaculares.
En esta fantástica hipótesis en la que verdaderamente tuviéramos el poder de configurar nuestra realidad, habríamos ganado la admiración de los demás , que buscarían nuestra compañía y nuestros favores. El problema empieza aquí y es que no se puede comprar el amor. Ni siquiera el haber solucionado la vida más miserable, nos puede asegurar el cariño de alguien. Más pronto que tarde, experimentaríamos la frustración de vernos obligados a comprar las lealtades de las gentes.
Creo firmemente que el verdadero secreto de la vida está en el amor.
Cuando vemos en las noticias, tristes episodios de personas, que aún habiéndose visto encumbradas a lo más alto, se suicidan; estoy convencida de que han experimentado un vacío de amor inmenso en sus corazones.
Aunque pudiéramos eliminar cada problema, cada limitación, cada sufrimiento; no podríamos asegurar ni una pizca de amor.
Es por esto, que odiando nuestra realidad también estamos rechazando la posibilidad de amor que se da ella. Equivocadamente fantaseamos con ser menos limitados, menos pobres, menos miserables. Nos encerramos en las cavernas de una realidad falseada por nuestras propias convicciones. Desaprovechamos toda posibilidad de amor hacia nosotros mismos y hacia los demás. Y finalmente nos convertimos en individuos neurotizados e insatisfechos. Destilamos amargura por lo que podríamos ser, lo que querríamos ser ...
Nuestra vida es un instante que pasa y ha sido pensado para arder de amor. La verdadera frustración es renunciar a esto y perdernos en los senderos de la mediocridad. Pero la verdadera mediocridad, de la que nuestro corazón no puede sobreponerse, es rechazar esta misión al amor.
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