TEOLOGÍA DEL FRACASO
El fracaso es sin lugar a dudas una de las experiencias humanas más dolorosas.
Las personas formamos en nuestra mente cientos de ideas sobre lo que es bueno para nosotros, lo que nos va a hacer felices, las metas que un día debemos alcanzar en nuestra vida. La profesión o el estatus que deberíamos conseguir y los logros personales que deberíamos desarrollar.
Cuando eres joven, sobre todo, estás llenos de sueños y expectativas que repasas diariamente en tu mente y consideras con gran seriedad.
Estas ideas que formamos, están muy influidas por los valores recibidos en nuestros hogares y las expectativas que se tienen sobre nosotros.
En cierta manera, se puede afirmar que buscamos ser felices según los cánones de nuestra sociedad, de nuestra familia y de nuestro entorno más íntimo. En el mundo occidental actual, el éxito tiene muchos parámetros: conseguir un buen trabajo, adquirir muchos títulos académicos, tener una pareja atractiva y competente, un buen coche, una buena casa, poder permitirse viajar a diferentes puntos del planeta.
Pero no siempre ha sido así; en la época de mis abuelos se consideraba un éxito tener tierras, muchos hijos y una mediana salud.
El éxito cambia tanto por las modas como por la forma de vivir de cada momento, por las circunstancias históricas, etc.
Nuestros temores, nuestros deseos, quedan a merced de instantes pasajeros y etéreos.
Vamos recorriendo la vida y con el paso del tiempo se van cerrando algunas puertas , a veces para siempre. Las primeras decepciones suelen llegar en el ámbito de los estudios. También en el mundo social podemos sufrir caídas, desengaños, heridas respecto a los deseos de amistad y de afectos que todos tenemos. Cada decepción marca nuestra alma con una herida tanto mayor, como mayor haya sido la caída.
Pero sin duda , los fracasos más dolorosos nos suceden a nivel personal y profundo. Desde el principio, hemos anhelado ser amados y valiosos para los demás. Las rupturas, los desengaños, las traiciones, los errores,... nos dejan muy heridos, desorientados, decepcionados, abatidos... hemos experimentado el profundo amargor del fracaso.
Pero sin duda , los fracasos más dolorosos nos suceden a nivel personal y profundo. Desde el principio, hemos anhelado ser amados y valiosos para los demás. Las rupturas, los desengaños, las traiciones, los errores,... nos dejan muy heridos, desorientados, decepcionados, abatidos... hemos experimentado el profundo amargor del fracaso.
No hemos dado la talla, nos quedamos sentados en el fango del camino, observando como todos continúan su marcha, paralizados, cansados, hastiados. ¿Cómo seguir? ¿De dónde pueden nacer las esperanzas cuando todo ha acabado? Mi proyecto de vida ha fracasado, mis sueños se han roto , mis ilusiones han muerto.
Puede parecernos un auténtico disparate, pero estos fracasos nos brindan las mejores oportunidades para experimentar la libertad y el amor.
Porque la realidad es que esa identidad que construíamos como pequeñas hormigas trabajadoras, amontonando poco a poco los logros de nuestra vida: nuestros pequeños o grandes éxitos, el desarrollo de nuestras capacidades, nuestros bienes, nuestro estatus,... Esa identidad, repito era una construcción falsa y artificial que nada tenía que ver con lo que somos en realidad.
Cuando caen todas nuestras torres y perdemos todo, quedamos nosotros mismos; lo que verdaderamente somos: el ser persona.
Cuando no queda nada, aún queda el amor; el amor con que Dios nos ha creado y hecho sus hijos. Qué El nos conduzca hacia la verdadera identidad que nos hace verdaderamente libres.
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